By Manuel Martín

Hay viajes que empiezan cuando arrancas la moto y otros que comienzan mucho antes, mientras preparas el equipaje e imaginas todo lo que está por venir. Para nosotros, el inicio estaba claro: el Puente Romano de Salamanca. Sin necesidad de detenernos para hacer una fotografía, cruzarlo tuvo un significado especial. Dejábamos atrás la rutina para descubrir durante tres días un Portugal diferente, lejos de las grandes ciudades y mucho más cerca de la esencia de sus pueblos, sus carreteras y sus paisajes. 

Las primeras horas transcurren entre las dehesas salmantinas hasta llegar a Ciudad Rodrigo. Su recinto amurallado y su castillo son la despedida perfecta antes de cruzar la frontera. A partir de ese momento el viaje cambia de idioma, pero mantiene el mismo espíritu: disfrutar del camino sin mirar el reloj. 

Nuestra primera gran parada en Portugal fue Sabugal, presidida por el Castillo de las Cinco Quinas. Desde allí continuamos hacia Sortelha, considerada una de las aldeas históricas más bellas del país. Sus calles empedradas, las casas de granito y las murallas hacen que el tiempo parezca haberse detenido. Pasear por ella con el casco todavía en la mano fue una de esas experiencias que recuerdan por qué merece la pena abandonar las rutas más conocidas. 

Al dejar atrás Sortelha comenzó uno de los tramos más esperados del viaje. Una vez que hemos atravesado Covilha, la carretera asciende hacia la Serra da Estrela enlazando curvas entre enormes formaciones de granito, un lugar en el que uno deja de mirar el GPS para empezar a mirar el paisaje.  

Cada mirador ofrece una perspectiva diferente del macizo montañoso y hace difícil resistirse a parar una y otra vez. Aquí no importa la velocidad. Importa levantar la vista y dejar que el paisaje haga el resto. 

 

La subida culmina en Torre, el punto más alto de Portugal continental. Alcanzar casi los dos mil metros de altitud sobre la moto tiene algo especial. El aire cambia, las vistas se abren hasta el horizonte y uno entiende por qué esta carretera es un destino en sí misma para tantos motoristas. 

Desde allí iniciamos el descenso hacia el valle del Alva. Después de una jornada de castillos medievales, pueblos de piedra y carreteras de montaña, la tranquilidad del valle fue el mejor final posible para el primer día. El sonido del río y el entorno natural invitaban a desconectar por completo antes de continuar la aventura. 

Aquella noche nos esperaba el Alva Valley Hotel. Todavía no sabíamos que al día siguiente descubriríamos algunos de los rincones más sorprendentes de la región y conoceríamos historias que terminarían convirtiéndose en una parte tan importante del viaje como las propias carreteras. El primer día terminaba con una sensación muy clara: Portugal ya nos había demostrado que aún guarda lugares capaces de sorprender incluso a quienes creen conocerlo bien. 

Día 2. El Portugal que pocos conocen 

Con las primeras luces del día dejamos atrás el Alva Valley Hotel para poner rumbo al Atlántico. Sabíamos cuál era nuestro destino, pero muy pronto comprendimos que lo mejor de la jornada no iba a ser llegar, sino todo lo que encontraríamos por el camino. 

El valle del Alva nos recibió con un paisaje completamente diferente al del día anterior. El río acompaña buena parte del recorrido y, junto a él, aparecen algunas de las playas fluviales más bonitas de Portugal. Paramos en lugares como Avô, Penacova y otras zonas de baño que jalonan el valle, pequeños rincones que los portugueses cuidan con un mimo admirable. 

No son simples áreas para refrescarse. Son auténticos espacios naturales donde el agua cristalina, el césped perfectamente mantenido, las sombras de los árboles y el silencio crean una atmósfera difícil de describir. Sorprende que lugares tan espectaculares sigan siendo tan poco conocidos fuera de Portugal. Son el tipo de descubrimientos que convierten una ruta en un recuerdo inolvidable.

La carretera continúa alternando curvas suaves, pequeños pueblos y paisajes verdes hasta que el olor a sal comienza a anunciar la cercanía del océano. La llegada a Figueira da Foz supone un contraste total con el interior del país. Después de las montañas y los ríos aparece el Atlántico, inmenso, abierto y con un ambiente completamente diferente. Pasear por su paseo marítimo y contemplar el océano fue la recompensa perfecta a la ruta de la mañana. 

Tras disfrutar de la costa iniciamos el camino de regreso. Pronto dejamos atrás el mar para adentrarnos de nuevo en el interior, atravesando enormes bosques de eucaliptos que parecen no terminar nunca. El aroma característico de estos árboles acompaña durante muchos kilómetros, mientras los aserraderos repartidos por la zona recuerdan la enorme importancia que tiene la industria maderera en esta región portuguesa. 

De vuelta al Alva Valley Hotel llegó uno de los momentos más especiales del viaje. Allí conocimos a Javier, un salmantino que años atrás cruzó la frontera por amor y terminó construyendo una nueva vida en Portugal. Aquella decisión dio lugar al Alva Valley Hotel y al Palacete do Guerreiro, dos proyectos que reflejan perfectamente su forma de entender la hospitalidad. 

La conversación con Javier convirtió una simple estancia en una experiencia mucho más personal. Nos habló de la región, de su historia y de cómo había encontrado su hogar al otro lado de la frontera. Esa cercanía hizo que dejáramos de sentirnos clientes para sentirnos invitados. 

La jornada terminó alrededor de la mesa del Palacete do Guerreiro, disfrutando de la gastronomía portuguesa y compartiendo historias de viajes. Porque al final, los mejores recuerdos no siempre nacen de un mirador o de una carretera espectacular; muchas veces aparecen gracias a las personas que uno encuentra por el camino. Ese día entendimos que el valle del Alva no solo destaca por sus paisajes, sino también por la gente que lo hace especial. 

Consejo del viajero: Si viajas en moto por esta zona, merece la pena repostar en las gasolineras de supermercados de ciudades como Coimbra, Guarda o Figueira da Foz. El precio del combustible es más bajo que en las estaciones de servicio convencionales, un pequeño ahorro que siempre viene bien. 

Día 3. El camino de vuelta también forma parte del viaje 

Todo viaje llega a su fin, pero hay rutas en las que el regreso se convierte en una experiencia tan especial como la ida. Abandonamos el Alva Valley Hotel con la sensación de haber descubierto una parte de Portugal que merece ser recorrida sin prisas. Aún nos esperaban muchos kilómetros por delante, y algunos de los mejores. 

Nada más dejar atrás el valle del Alva nos incorporamos a la N7, una carretera que, para cualquier amante de las dos ruedas, merece un lugar destacado entre las mejores del país. Durante kilómetros se suceden curvas perfectamente enlazadas, atravesando bosques que parecen interminables y un paisaje vivo que invita a disfrutar de cada giro del manillar. Es una de esas carreteras en las que el destino pasa a un segundo plano y lo realmente importante es el placer de conducir. 

Conforme avanzábamos hacia el este, los bosques iban dejando paso poco a poco a un paisaje más abierto hasta alcanzar Guarda, la ciudad más alta de Portugal. Sus calles de granito y su privilegiada situación hacen que merezca una parada para estirar las piernas y contemplar el ambiente tranquilo que caracteriza al interior del país. 

La siguiente parada fue Almeida, una de las fortalezas abaluartadas mejor conservadas de la Península Ibérica. Su inconfundible trazado en forma de estrella recuerda la importancia estratégica que tuvo esta frontera durante siglos. Pasear por sus murallas es una forma perfecta de despedirse de Portugal antes de cruzar de nuevo hacia España. 

Los últimos kilómetros transcurren con la satisfacción de quien vuelve a casa cargado de recuerdos. Dejábamos atrás castillos medievales, carreteras de montaña, playas fluviales, el océano Atlántico y personas que habían hecho del viaje una experiencia irrepetible. 

Cuando la silueta de Salamanca volvió a aparecer en el horizonte comprendimos que esta ruta había sido mucho más que un recorrido en moto. Había sido una invitación a descubrir un Portugal auténtico, lleno de carreteras espectaculares, naturaleza, buena gastronomía y hospitalidad.

A veces creemos que para vivir una gran aventura es necesario recorrer miles de kilómetros. Sin embargo, esta ruta demuestra que, a apenas unas horas de casa, todavía existen lugares capaces de sorprender, emocionar y recordar por qué nos apasiona viajar sobre dos ruedas. Porque, al final, los mejores viajes no se miden por la distancia recorrida, sino por las historias que nos llevamos de vuelta. Y si además regresamos con una caja comprada de pasteles de nata, el recuerdo dura un poco más. 

Rutómetro

Itinerario

Salamanca – Ciudad Rodrigo – Sabugal – Sortelha (Aldeas Históricas de Portugal) – Covilhã – Parque Natural Serra da Estrela – Torre – Valle del Alva – Avô – Penacova – Figueira da Foz – Valle del Alva – N7 – Guarda – Almeida (Fortaleza abaluartada) – Salamanca

  • Ruta total: 870 km 
  • Época recomendada: todo el año

Puntos de interés:

  • Sortelha
  • Serra da Estrela
  • Torre
  • playas fluviales del valle del Alva
  • Figueira da Foz
  • N7
  • Guarda
  • Almeida